Dos personas pueden abrir la misma red social, plataforma de vídeo o tienda online al mismo tiempo y encontrarse con contenidos completamente diferentes.
No es casualidad.
Buena parte de Internet funciona hoy mediante sistemas de recomendación capaces de seleccionar y ordenar información según distintos datos y señales. Estos sistemas determinan desde qué vídeo aparece a continuación hasta qué noticia, producto o publicación ocupa una posición más visible.
Entender este mecanismo ayuda a comprender algo importante: lo que vemos en Internet no representa necesariamente todo lo que existe en Internet.
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¿Qué es un algoritmo de recomendación?
De forma sencilla, es un sistema que intenta determinar qué contenido podría resultar más relevante para cada usuario.
Para hacerlo puede utilizar numerosas señales: contenidos consultados anteriormente, búsquedas realizadas, interacciones, tiempo de visualización o características de aquello que está siendo recomendado.
El objetivo dependerá de cada plataforma. En algunos casos será ayudar a encontrar información; en otros, descubrir productos, música, vídeos o publicaciones relacionadas.
La consecuencia es que la experiencia digital termina siendo cada vez más personalizada.
El Centro Europeo para la Transparencia Algorítmica, perteneciente a la Comisión Europea, explica que los sistemas algorítmicos se utilizan precisamente para identificar, clasificar, ordenar, sugerir y presentar información a los usuarios.
La personalización también puede limitar nuestra perspectiva
Las recomendaciones tienen ventajas evidentes.
Sin ellas, navegar por millones de vídeos, productos o artículos sería prácticamente imposible. Un buen sistema puede filtrar enormes cantidades de información y acercarnos rápidamente a aquello que probablemente nos interesa.
Pero existe otra cara de esta comodidad.
Cuando nuestras interacciones influyen constantemente en lo que recibimos, podemos terminar expuestos de forma reiterada a contenidos similares. Aquello que vemos con frecuencia puede parecer más importante, popular o representativo de lo que realmente es.
Por eso resulta útil diferenciar dos ideas: relevancia y veracidad no son lo mismo.
Un algoritmo puede considerar que una publicación encaja perfectamente con nuestros intereses sin que eso convierta automáticamente su contenido en una fuente fiable.
¿Por qué conviene saber quién selecciona lo que vemos?
La transparencia de estos sistemas se ha convertido incluso en un asunto regulatorio.
La normativa europea sobre servicios digitales exige que determinadas plataformas expliquen los principales parámetros utilizados por sus sistemas de recomendación. La Comisión Europea recoge entre los derechos de los usuarios la posibilidad de conocer mejor por qué reciben determinado contenido y cómo funcionan esas recomendaciones.
Para el usuario cotidiano, sin embargo, no es necesario conocer cada detalle técnico.
Lo importante es desarrollar cierta conciencia sobre el recorrido de la información.
Cuando una noticia, consejo o afirmación aparece repetidamente en nuestro feed, conviene recordar que su presencia puede deberse a un sistema que ha aprendido que probablemente interactuaremos con ella.
Eso no demuestra que sea falsa, pero tampoco demuestra que sea cierta.
El algoritmo puede encontrar el contenido; nosotros debemos evaluar la fuente
Aquí aparece una habilidad cada vez más necesaria.
Antes de aceptar una afirmación importante, sigue siendo recomendable revisar quién la publica, qué evidencias presenta, cuándo se actualizó y si otras fuentes independientes respaldan la misma información.
Esta guía sobre cómo saber si una información en Internet merece nuestra confianza desarrolla precisamente algunas de las comprobaciones que pueden hacerse antes de considerar fiable aquello que encontramos online.
La cuestión adquiere más importancia a medida que buscadores, redes sociales y sistemas de inteligencia artificial participan activamente en el descubrimiento de información.
Aprender a navegar importa tanto como aprender a buscar
Durante los primeros años de Internet, gran parte de la alfabetización digital consistía en aprender a utilizar dispositivos, navegadores y buscadores.
Hoy necesitamos una capa adicional.
También debemos comprender que la información pasa por sistemas que la organizan, priorizan y recomiendan antes de llegar hasta nosotros.
Esto no significa desconfiar automáticamente de los algoritmos. Son herramientas fundamentales para gestionar la enorme cantidad de contenido disponible.
Significa utilizarlos con mayor criterio.
El algoritmo puede decidir qué aparece primero en nuestra pantalla. La decisión sobre cuánto confiar en ello todavía nos corresponde a nosotros.
